dissabte, 14 d’abril del 2012

Unde esti Prince Vlad?

¿Donde estas Príncipe que ni siquiera la historia te puede encontrar?
 

Vagando por la tierra entre lobos, murciélagos y niebla sigues escondiéndote de la luz del día, prohibiendo a los mortales perseguir tu eterna y maléfica sombra. Tan solo contando tu historia una y otra vez me siento más cerca de ti, así pues permíteme Príncipe que te dedique algunas líneas, utilizando parte de un extraño espacio-tiempo que me ha tocado vivir.
 

Nacido en la ciudad de Sighisoara un día de noviembre de 1431 y dominado bajo el signo más poderoso y complejo del árbol astral, hiciste de la oscuridad tu forma de vida. Al igual que la vegetación muere lentamente bajo las incesantes lluvias otoñales, siempre queda la semilla  bajo tierra, que oculta, inicia el largo viaje nocturno a la espera de su resurrección.

(Al igual que tú Príncipe esperas la tuya). . .

La vida y la muerte se han cruzado siempre en tu camino hacia la victoria, nunca has podido separarlos, destruías para volver a crear bajo nuevas formas de vida y cambios en una época que nunca te lo permitió.

Fuiste un cazador castigado por tu DIOS debido a tu violenta y destructiva agresividad, eso es lo que te ocurrió. Tu fuerte instinto y tendencia a impulsos violentos hizo de ti un ser temido y odiado por muchos, pero, también respetado.

Tu gran fuerza inconsciente era demasiado potente para poder controlarla y se rebelaba continuamente de forma desordenada, provocándote angustias existenciales de las que solo tú eras consciente y sabedor. Minado y consumido por este fuego interior solo podías apagarlo a través de tus tormentas y convulsiones de sangre.

La contradicción en ti siempre estaba presente: luz y oscuridad, una danza endiablada a caballo siempre entre el cielo y el infierno, entre el realismo brutal y el idealismo místico, entre la vida y la muerte, entre el amor y el odio. No fueron los turcos tus enemigos naturales Príncipe, fuiste tú.

Dotado de una inteligencia muy aguda, anticonformista y revolucionaria, naciste en una época equivocada, y terminaste por pagarlo a un precio muy alto. Por encima de todas las cosas amabas el riesgo, que junto a tu audacia e intuición casi demoniaca, hicieron de ti un DIOS en la tierra.

Azotado por tus continuos temores fuiste un ser grotesco a ojos de los demás, pero profundamente infeliz y atormentado bajo los míos.

Gracias a todo ello llegaste a ser Príncipe de Valaquia tras mucho sufrir y luchar entre los años 1456 y 1462. Fuiste un gran defensor de tu tierra Rumania, luchando contra la gran y por aquel entonces temida invasión otomana, la cual no solo amenazaba a tus propiedades más próximas sino que también se extendían por el resto de Europa.



(Quienes aún no te han dado las gracias). . .



Naciste como ortodoxo para convertirte posteriormente en católico, a lo que me pregunto:


(¿Porque?. Fuiste traicionado por el Dios Creador. Y si no es así ven y corrígeme)...

Tu vida ha inspirado a muchos escritores y novelistas, aún hoy fascinas, pero a quien deberías agradecer esta inmortalidad y vida eterna es a un irlandés llamado Bram Stoker, quien hizo de ti, leyenda, una leyenda que perpetuara a través de siglos y eones de tiempo, imperecedera.


De fuerte carácter volcánico fuiste el más duro y fiero guerrero de todo el siglo XV. La sangre de Atila siempre ha corrido por tus venas y bien que lo supiste aprovechar, impredecible y heroico defensor de la independencia de tu país, ejerciendo de dueño justiciero.



Tu padre fue muy cruel contigo al dejarte con dos años prisionero del dominio turco, solo para que aprendieras y te hicieras fuerte. Hasta los 17 años fuiste cautivo y observador de sus crueldades, de sus torturas, de su salvajismo. Durante años creciste rodeado de muerte, de sangre y de venganza, tanta desesperación y falta de calor humano hicieron de ti lo que muchos siempre han anhelado ser: un monstruo. Cuando te liberaron del cautiverio no sabias como utilizar esa extraña libertad y decidiste cargar contra todos aquellos que no te dejaban “ver”.


Conseguiste lo que anhelabas el trono de Valaquia (envidia de muchos y admiración de pocos). Tras derrotar a Vladislav II en la batalla de Belgrado y ya no lo abandonaste hasta algunos años después, no muchos por eso, hasta 1462. Condenado a un triste exilio, decidiste volver a la carga, con tu fuerza, con tu alma, con tu rabia y tu poder, y lo conseguiste otra vez en 1474. Siempre contra los turcos, siempre contra ellos y fueron ellos también quienes te mataron o eso dicen. . . tu cuerpo se perdió en el tiempo, nunca se encontró.



Así pues, Príncipe, ¿a dónde fuiste?...



Supiste defender muy bien a tu tierra, matando, descuartizando y empalando a los turcos, tus siempre enemigos, Mehmet II no podía contigo, pero ellos eran más numerosos y solo consiguieron vencerte mediante una injusta trampa muy bien preparada en el año 1476 cerca de lo que hoy es capital de un gran imperio, que pudo haber sido y no fue: Bucarest.



(¿Dónde puedo encontrarte Príncipe para resucitarte?)...



Más de 100.000 turcos, traidores y delincuentes de todo tipo murieron entre tus múltiples y merecidas torturas e inquisiciones. Odiabas los robos, las mentiras, el adulterio y no perdonabas, no distinguías a nadie por su rango, quien creías que debía ser juzgado, ya fuera campesino o noble, ciudadano o rey lo mutilabas hasta que de este solo exhalaba el último aliento de vida. A veces cuanto más alto era el rango o poder que ostentaba el culpable más violenta y letal era tu tortura y castigo.



Conseguiste poner fin a los decadentes boyardos de tu tiempo y asesinos de tu padre y de tu hermano mayor, de una manera muy elegante: invitándolos a una gran cena de pascua y pidiéndoles que vinieran con sus mejores galas. Cuando terminaron su cena ordenaste empalar a los más viejos, mientras que a los más jóvenes les obligaste a ir desde Targoviste hasta un castillo en ruinas cerca del rio Arges. Éstos debido al agotamiento al que fueron sometidos, muchos perecieron en el camino, mientras que los que llegaron aún con vida fueron obligados a reconstruir el castillo, quienes se encontraron con su propia muerte a través de meses de duro trabajo y agotamiento, poco a poco, los desesperados boyardos que quedaban con sus preciosas galas convertidas ya en harapos, a medida que tu castillo era de nuevo elevado a los cielos, morían, para tu deleite Príncipe Empalador, pero por desgracia no duraste para acabar con los enemigos de lo que tu tanto defendías: el cristianismo.

De preferencias matemáticas, te encantaba darle un toque geométrico a tus empalamientos haciendo a veces de ellos grandes formas abstractas, solo igualables a tu extraordinaria mente. Algunos de ellos eran series de anillos concéntricos alrededor de las ciudades a las que los desalmados turcos  iban a atacar. Los dejabas durante meses, muchos morían al instante pero otros llegaban a tardar hasta dos o tres días en morir, el resto acaba pudriéndose sirviendo como alimento para cuervos. Cuando los turcos se acercaban para destruirte daban marcha atrás horrorizados ante aquel Dantesco espectáculo, que solo tu Príncipe sabias presentar.

No solo descargaste toda tu brutalidad contra los musulmanes sino también contra cristianos, defendías lo que te convenía en cada momento y lugar y no soportabas que nadie te hiciera pagar tributos.

Considerado maldito tanto por musulmanes como por cristianos, solo la soledad y tú más que fiel guardia rumana, te veías obligado a hacer luchar a musulmanes de tu país contra hermanos musulmanes turcos y a católicos contra ortodoxos. Obligabas a luchar hermano contra hermano, pero, ¿qué culpa tenias tu?, solo querías lo mejor para tu extensa y enigmática tierra. Malditos por siempre vosotros, turcos.

En el año 1459, en concreto el día de San Bartolomé arremetiste contra los sajones de Brasov, solo, porque utilizando a desleales húngaros y rumanos intentaron destronarte. Una vez terminada la despiadada cacería y matanza, organizaste un festín en el centro de un nuevo bosque de empalados con sus gritos y aullidos de dolor, pediste una mesa llena de exquisiteces para el paladar y sentado con tu mejor silla, comiste, mientras un verdugo descuartizaba lentamente a los cabecillas de la sublevación junto con sus familias. Duró hasta muy entrada la noche, entonces como te quedaste sin luz, en plena oscuridad necesitabas iluminarte, ordenaste a tu ejercito que prendiera fuego a la ciudad unos 30.000 ciudadanos agonizantes pudieron contemplar un nuevo espectáculo de sangre, dolor y muerte antes de su desaparición total. A aquellos que no quisiste empalar, murieron bajo las espadas, picas y cuchillos de tus soldados.

Dejaste ciudades desiertas durante un siglo, y aún en la actualidad les cuesta recuperar su población. Finalmente firmaste la paz con Transilvania, bajo la condición que no acogiera a ningún enemigo ya fuera turco o sajón.


No podías parar, tu naturaleza no te lo permitía mientras que tú indestructible ser te animó a avanzar camino. Cruzaste el Danubio penetrando en territorio otomano donde destruiste a las tropas turcas, llevándote un botín de 24.000 cabezas, las guardaste para enviárselas a Matías Corvino el 11 de enero de 1462, aparte de éstas, guardaste para el rey húngaro dos grandes sacos de orejas y narices, eran tus “trofeos de guerra”.

Aterrorizaste tanto a los turcos que gran parte de la población musulmana de Estambul abandono la ciudad por miedo a tu poder y furia, pero no llegaste a tiempo, nunca llegaste a tiempo y ahora ellos claman su venganza contra nuestro mundo.

¿Dónde estás príncipe?. . .

Enfurecido por tu avance Mehmet II atacó ese año con un ejército de 150.000 hombres y una flota que ascendió por el Danubio. Estas tropas incluían a 4.000 soldados de caballería comandados por tu medio hermano Radu el Hermoso. Fue una traición que te cogió por sorpresa no pudiendo evitar que los turcos ocuparan la capital Targoviste el 4 de junio de 1462.

Pero fuiste muy hábil, disfrazados tus soldados y tú con ropas turcas, os introdujisteis en el campamento enemigo para intentar asesinar a Mehmet II, pero no lo conseguiste, así que, para desmoralizar a estos invasores ordenaste evacuar todas las ciudades de Valaquia, llevándote de ellas todos los objetos de valor.

Una vez más la bendita providencia se ponía de tu parte, pues la peste obligo a retirar a las tropas de Mehmet II, dejando solo a Radu el Hermoso (tu traidor medio hermano) para que continuara la lucha.

Esta seria tu última gran batalla príncipe Draculea, pese a todas tus victorias, nunca obtuviste el apoyo de la nobleza, tampoco el de tu familia, solo, sin nadie en quien confiar salvo en tu fortaleza interior, consiguió tu propio hermano con la ayuda noble y turca rodear la fortaleza de Poenari donde tú te refugiabas. Pero habiendo dejado huella entre muchos soldados y sirvientes que te admiraban fuiste nuevamente avisado, mediante una flecha que lanzaron por tu ventana avisándote de la llegada de tu medio hermano y su ejército turco.

Tu mujer que nunca te abandonaba prefirió tirarse de la torre más alta de la fortaleza al rio para ser devorada por los peces antes que caer en manos otomanas. El dolor y agravio fueron tan grandes para ti que, convertiste el rio Arges, en un rio lleno de lágrimas de tristeza, el cual a día de hoy aún se pueden oír tus afligidos lamentos.

Fuiste recluido en la torre real mientras tu medio hermano Radu se hizo con el trono actuando como títere de los turcos.

Curiosamente fuiste liberado hacia el 1474, por un pariente tuyo moldavo Esteban Bathory El Grande, en la batalla de Vaslui. Juntos recuperasteis Valaquia con un ejército formado por transilvanos, boyardos valacos y un pequeño número de moldavos. Pero no duraría mucho, tu primo Esteban El Grande regreso a Transilvania, dejándote bastante débil frente a tus enemigos. (No fue traición y lo sabes).

Siendo tu última acción una vez más contra los turcos, éstos habían preparado otro gran ejército para conquistar Valaquia apoyados nuevamente por la nobleza boyarda, fue Basarab quien se lanzo contra ti, cayendo en una emboscada de la cual ni tu ni tu guardia personal moldava, saldríais con vida. Tras tu muerte decidieron llevar tu cara y tu cabellera como trofeo a Estambul, o eso es lo que cuenta la historia.

Dicen que estás enterrado en el monasterio de Snagov junto al altar, hay una tumba con tu nombre y tu símbolo: el dragón. Como estabas considerado maldito a los ojos de Dios, la iglesia no considero apropiado tu emplazamiento en el altar y decidieron enterrar tus restos en otra tumba cercana a la puerta del monasterio. Esta se derrumbo por efecto de una riada y tus restos se perdieron en el lago Snagov.



En el 1932 encontraron tu sepulcro vacio, aunque tu cadáver decapitado y ataviado con la vestimenta de tu rango fue hallado a unos metros. Aunque esto es lo que dicen algunos, otros simplemente no saben donde estas.



De estatura más bien baja para ser hombre, fuiste corpulento y musculoso. De semblante frío, nariz aguileña, fosas nasales dilatadas, rostro rojizo y delgado y unas pestañas extraordinariamente largas que daban sombra a unos grandes ojos grises muy abiertos con cejas negras y tupidas, inspirabas cierto espanto.

Siempre adornado por tu bigote y de pómulos sobresalientes hacían que tu rostro pareciera aún más enérgico. Por no hablar de la gran melena negra que siempre colgaba por tus hombros y protegía tu espalda.

Tu muerte sigue siendo un misterio, Príncipe, dicen que hallaron tu cuerpo, otros dicen que no y otros que se perdió. Muchos siguen buscándote, siguen en su empeño, algo inútil y descorazonador. Solo en Estambul esta tu melena y tu cara, pero con ello no hacemos nada.

Sigues escondiéndote del mundo, vagas por la tierra disfrazado de lobo, murciélago y niebla, hasta cuando nos tendrás castigados.



Tan solo nos queda tu recuerdo convertido en palabras que adornan las páginas de viejos libros ocultos en antiguas y algunas ya desaparecidas bibliotecas.


Ya es hora Príncipe de abandonar este largo y profundo sueño.
Despierta.

Liliana Castillo Girona 

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