La
humedad que inundaba mi cuerpo me despertó de un profundo sueño. Era extraño, el
pelo y la piel estaban completamente empapados pero no sentía frio, me sacudí
las gotas de lluvia, que, sin censar caían sobre un extraño pelaje dorado y tan
espeso que hasta transcurridos unos
segundos del nuevo despertar, no me percaté que eran míos. El miedo y la incomprensión
se apoderaron de mí unos instantes cuando comprobé que manos y pies se habían
convertido en cuatro enormes y robustas patas.
(¿Que oscura magia se ha apoderado de
mi cuerpo esta noche?)
No
existía respuesta para tal difícil pregunta. De repente era yo pero convertida
en lo que siempre había inútilmente deseado: un lobo.
Dispuesta
a aprovechar esta experiencia me miré bien: mi cuerpo estaba cubierto por ese brillante
y espeso pelo de color del oro que tan bien escondía mi alma humana, mi enorme estatura
era perfectamente soportada por dos patas delanteras (mis antiguas manos) y dos
más traseras (mis antiguos pies) de las cuales y escondidas entre el espeso
pelaje, aparecían unas largas uñas negras afiladas como garras. Podría haber
seguido contemplando mi nuevo cuerpo, pero un nuevo mundo se abría ante mí, sin
límites ni fronteras que pudieran. . . ¿acaso detenerme?, así que decidí, emocionada.
. . empezar a correr.
Arañé
el suelo con mis (ahora), patas delanteras y salté a la carrera. Atravesé bosques,
prados, todo era distinto bajo mi cuerpo de lobo: mis oídos eran tremendamente
agudos, podía oírlo todo, desde los conejos que, escondidos en sus madrigueras mantenían
apasionados debates “mono tema”: el hombre, hasta las inalcanzables aves, que por más alto
volaran, no escapaban a mis más que afinados oídos.
Mis
nuevos ojos se sorprendían con cada rincón del bosque que exploraba y un sinfín
de olores asaltaban mis órganos interiores, que, entrando por la nariz llegaban
a mi vacio estomago. (Cuando me sucedía esto comprendía que había llegado el
momento de saciar esta horrible quemazón, que, al igual que el fuego, destruía mi
interior), entonces me escondía silencioso sin hacer el menor ruido, hasta que aparecía
ante mí la salvación (a veces eran ciervos pequeños, otras ardillas y otras
animales domésticos quienes ya medio muertos, deseaban su desaparición).
Una
vez apagado ese fuego sentía mucha sed, así que buscaba un rio o lago de aguas
tranquilas y cristalinas donde beber. Resultaba todo tan fácil, siendo humana
no percibía el olor del agua y ahora ya convertida en la criatura más magnifica
de la tierra, podía llegar a oler hasta las piedras.
Cuando
me acercaba a beber, y mi imagen se reflejaba en el espejo de las aguas, era tal
la admiración que sentía, que por unos instantes olvidaba el porqué, estaba
allí. Las aguas siempre rebelaban unas orejas puntiagudas y muy firmes
perfectamente simétricas de color dorado por fuera y algo blancas en su
interior, los ojos ámbar, cambiaban según la luz del sol y la boca larga y fina
cubierta de pelo blanco escondía unos inacabables y más que afilados colmillos,
terminando todo en un hocico, negro como el ébano y más brillante que Venus.
(Ese lobo, era yo).
Era
feliz, y solo me faltaba encontrar a algún compañero que quisiera viajar conmigo
hasta la tierra más allá del bosque. Estaba lejos, muy lejos, pero convertida
en lobo sabía que llegaría. Mi instinto no me engañaba, encontraría a esa
tierra encantada.
Pasaban
los días y seguía viajando solo, cazaba para alimentarme y descansaba por las
noches o durante el día. No me importaba donde: no sentía dolor, no sentía frio,
no sentía pena, solo a veces aquel fuego interior me avisaba que tenía que
alimentarme. Era muy fuerte, cada día más y no recordaba los km de territorio
que había ya explorado. Una noche la luna me pareció más hermosa de lo normal,
era grande, redonda y tan plateada que solo le pude cantar. Sentado sobre mis
patas traseras, elevé mi cabeza de lobo y aullé, aullé durante horas pues mi garganta
era un pozo lleno de música a liberar. Así permanecí hasta la afonía.
La
noche dio paso al día y me despertó entonces el canto de los pájaros que
algunos sin temerme se acercaban a mí y me hacían cosquillas con sus diminutas
patitas, mientras se paseaban por mi cuerpo. Me incorporé y entonces mis ojos
de lobo se fijaron en una sombra lejana que avanzaba hacia mí, sin miedo alguno
por lo que fuera, ni me moví.
Poco
tiempo tuve que esperar hasta verle, era otro lobo e iba acompañado.
-¿Quién
eres?: me pregunto
-Soy
un viajante, me dirijo a la tierra más allá del bosque. ¿Queréis acompañarme?
-Es
una tierra maldita, ¿Por qué quieres ir hacia allí?
-Porque
la sangre que corre por mis venas pertenece a ella.
-¿Cómo
te llamas?
-Simplemente
Lup
-Bien
Lup, puedes considerarte afortunado, pues el suelo que pisas, es el de la
tierra que tanto anhelas encontrar.
-¿Entonces
ya he llegado?
-Bun
venit, Lup
Mientras
me acercaba a ellos para compartir el resto de mis días, un sonido muy lejano y
extraño me atacaba los oídos, intentaba seguirles, pero cada vez estaban más
lejos, ¿Qué me ocurre?, pero, ¿Cómo es posible?, ¡no!, esperad, no os vayáis
sin mí.
Les
perdí. De pronto todo empezó a desvanecerse, la tierra temblaba bajo mis cuatro
patas y no podía ya sostenerme, caía y caía sin freno hacia un profundo y
oscuro agujero mientras perdía mi cuerpo de lobo.
Con
lágrimas en los ojos desperté a un nuevo día, pero esta vez ya no tenía pelo,
mi piel blanca completamente sudada y una asfixiante sed hicieron que me
levantara.
Una
vez más el sueño que se apoderaba siempre de mi por las noches, nuevamente me
devolvía una piel y una vida que no deseaba. La humana.
Liliana
Castillo Girona

Está genial!!! Me ha encantado. Me encanta como narras, como describes al animal... todo.
ResponEliminaHacía tiempo que no leía algo tan bonito.
gracias por tu mensaje. No se quien quieres ya que te has identificado como Anonimo
Elimina